Ella estaba sola, como las olas en el mar, consiguió ese suspiro que a su vida le dio un giro, él la miro y con su habilidad repentina la cautivo, sembró en ella, ilusión, pasión, pero también amor. Ella sorprendida a todo aquello correspondió, su corazón entero entregó. Pasaron las noches donde no había cielo sin luna, ni estrellas, todas eran para ella, no había galaxia completa en la que él no la incluyera, era su fiel pasajera, ella con su vida entera hizo una pradera donde sólo él caminaba sin limite cualquiera y hacia de ella lo que él quisiera, pero… Un día él se fue alejando de ella, sin que se pudiera dar cuenta, porque las noches de él siempre eran de su luna bella, hasta que ella una noche cualquiera sin prisa pero sin pausa abrió sus ojos, miro al cielo y vio que ya las estrellas no estaban resplandeciente como la noche aquella en que hasta luna entera era de ella, él en las noches le dio la espalda, ella con su mano muchas veces acaricio su cara y le preguntaba ¿Qué pasa? Él con su frialdad inmensa le contesta “Nada” pasaron los días y en aquella cama era terrible lo que ella vivía, ella no comprendía la oscuridad de sus días, noche tras noche sus espaldas juntas dormían, él dejo de ver la hermosa rosa que en ella yacía, pero… Ella nunca se rendía, por las noches esperaba ansiosa que él le susurrara al oído como antes “Ven que quiero sentirte y hacerte mía” él más nunca hizo lo que una vez quería y sentía, las noches se volvieron frías sin ninguna medida, ella aún de su corazón amor florecía sin ninguna hipocresía, pero él cada día su corazón entero endurecía como si jamás a ella hubiera sentido alguno de sus días que la quería.
